La caída del imperio romano

El presente ensayo tiene como objetivo encontrar la relación entre el libro escrito por Peter Heather, La caída del imperio romano (2005), y los problemas de credibilidad inscritos en él, así como los problemas de coordinación que surgen por la interacción de actores relevantes como el emperador, el ejército, las élites y el pueblo. Es decir, a través del estudio del desarrollo y posterior desplome de la superpotencia romana se analizarán las teorías de diversos autores como Daron Acemoglu y Robinson, North y Weingast.

Durante 450 años el imperio romano gobernó ininterrumpidamente un territorio que abarcó desde el muro de Adriano hasta los ríos Tigris y Éufrates. El imperio romano se logró gracias a las legiones romanas que además de grandes estrategias combativas, también tenían la capacidad de construir infraestructura. Logrando una dominación más permanente y extensa. El poder residía en las legiones militares y la disciplina de éstas. No obstante, la fuerza bruta no es suficiente para mantener estable el imperio por tantos siglos. También se aplicó una política exterior fundamentada en una diplomacia bien orientada.

El imperio romano siempre había sido gestionado para beneficiar a una élite. Aproximadamente el 5% de la población poseía el 80% de la riqueza. Como dice el autor, “el estado romano estaba gobernado por y para sus terratenientes”. Acemoglu hace referencia a este fenómeno en la perspectiva del conflicto social al expresar que tanto las políticas públicas como las instituciones que rigen un país van a ser aquellas que vayan de acuerdo a los intereses de los grupos políticos con más dominio.

 

En esta época, el latín se dividía en dos: culto y vulgar. El latín culto se inculcaba dependiendo del sistema educativo al que se tenía acceso. En el paper The Evolution of Egalitarian Sociolinguistic Conventions, Naidu, Hwang y Bowles explican que el lenguaje brinda información respecto a sucesos pero también indica status o posición social. Por esta razón, el latín culto era utilizado para distinguir a las personas cultas por su capacidad de hablar, lo que los hacía sentir más virtuosos. “Tan pronto un miembro de la élite romana abría la boca resultaba obvio que había aprendido el latín correcto” (Heather, 2005, p.37)

Debido a que el campesinado era el estrato social más poblado y a la desigual distribución de riquezas, existía cierta resistencia campesina en cuanto a los asuntos fiscales. No obstante, esta resistencia era esporádica y de perfil bajo. Esto revela un problema de acción colectiva y falta de coordinación de los campesinos, ya que existía una subyacente incapacidad para organizarse con vistas a una resistencia más duradera. A pesar de esto, las clases privilegiadas aplicaban la política “panem et circenses” para mantener a las masas contentas y a cambio, los pobres no hacían una revolución. (Acemoglu y Robinson, 2005)

En cuanto a credibilidad y derechos de propiedad, el Estado romano tenía como propósito proteger los intereses de los terratenientes ya que eran quienes participaban en sus estructuras políticas. Motivo por el cual, la legislación protegía siempre los derechos de propiedad, convirtiéndose en un punto focal para el juego “halcón-paloma”, en el que el terrateniente es el halcón, frente al campesino que es la paloma. Dado que este era un juego iterado se generaban equilibrios por lo que no había agitación social. Sin embargo, como se vio en clase, sí se generaron desigualdades de ingresos.

 

Por otra parte, el Estado tenía la capacidad de confiscar bienes y disponer de ellos a su conveniencia. Un ejemplo, fue cuando, en el siglo III, el gobierno central confiscó donaciones y recaudaciones fiscales de los gobiernos locales, causando un desincentivo a ocupar puestos burocráticos en las administraciones regionales. Lo anterior resulta en un problema de credibilidad para los burócratas y terratenientes ya que su patrimonio se ve amenazado con esta facultad del imperio, no les convenía trabajar la tierra si en cualquier momento se les podía expropiar por derecho imperial. Por ello, la relación entre el Estado y los terratenientes se formaba por un delicado equilibrio que se manifestaba de dos formas, para que ambas partes se beneficiaran mutuamente reduciendo costos y maximizando beneficios: En primer lugar, las principales funciones del gobierno eran la formación y el mantenimiento de un ejército eficaz; y la gestión del sistema impositivo. De esta manera, los propietarios de la tierra tenían que pagar impuestos al gobierno a cambio de la protección de sus derechos de propiedad.

El Estado romano, que de acuerdo a Max Weber es la única instancia que posee el monopolio del uso legítimo de la fuerza física, se encargaba de hacer cumplir estos derechos por medio del ejército, o sea de la fuerza bruta. En segundo lugar, los impuestos que pagaban las élites políticas eran moderados. Especialmente, los impuestos que gravaban la agricultura no eran provocadores, de manera que abandonasen la actividad. Particularmente en África, que muchas de las parcelas eran tierra no cultivable, las tierras eran abandonadas. Ergo, no generaban ningún rendimiento fiscal. Por lo tanto, los emperadores no se podían arriesgar a exasperar a los dueños de las tierras agrícolas o perderían gran parte de sus ingresos.

De manera análoga, el imperio romano llevó a cabo redistribuciones ineficientes en numerosas ocasiones. El modelo de Acemoglu y Robinson (2001) en el texto Inefficient

Redistribution habla sobre la ineficiencia en la repartición de bienes en políticas agrarias lo que genera que personas se dediquen a cierta actividad por la intervención gubernamental. Esta situación se hace presente en Numidia, territorio que había estado en manos de los bárbaros. Con el objetivo de volver a hacer esas tierras productivas el emperador dictaminó que trece mil parcelas de terreno quedaran exoneradas de cargas fiscales durante cinco años. Lo cual incentivó a las personas a trabajar estas tierras que eran consideradas improductivas. Igualmente, durante los años 150 al 400 el sistema de transporte, en el continente africano, fue subvencionado por el Estado. El imperio había construido una red de infraestructura económica para satisfacer sus propias metas y necesidades, lo que también benefició a los lugareños. En el norte de África prosperaron cultivos como viñedos y olivos dadas las condiciones climáticas de la región y porque requieren poca agua. Estos productos eran altamente demandados en la Europa del mediterráneo. El problema residió en los costos de transportación. Por lo que una vez subvencionada la transportación de estos productos, el eje de la economía pasó a girar en torno del vino y aceite de oliva. Con este comercio a gran escala se estimulaba, a su vez, el comercio local.

 

Por otro lado, se puede observar que no todo se basaba en la fuerza física. El gran Imperio también adoctrinaba a los romanos desde su nacimiento. Se les inculcaban ideas como la lealtad al sistema para poder influir en su comportamiento. Esta lealtad se buscaba reforzar mediante periódicas oportunidades para demostrarlo. Tanto la cristianización como la expansión burocrática, muestran que el centro imperial seguía constituyendo un poderoso polo de atracción de las lealtades. Tal como argumenta McAdams, los estados intervienen en la vida de las personas para intervenir y direccionar sus conductas, sin necesidad de coerción. De esta forma, las leyes pasaron a ser puntos focales de los ciudadanos. En especial, el Código Teodosiano que fue una recopilación de normas del Derecho Romano. Fue elaborado por el emperador Teodosio II, quien fungía como legislador único. La promulgación de este compendio legal fue muy significativa para la sociedad romana y el estado mismo.

Por encima de todo, la ley escrita era una garantía de que las élites dominantes no actuarían de forma arbitraria contra uno. Los poderosos no podían avasallar al resto de los ciudadanos. En teoría, la ley buscaba proteger a todos, independientemente de la clase social a la que perteneciera. En este contexto, las leyes empezaron a funcionar como mediador en caso de problema de credibilidad y como punto focal para la resolución de problemas de coordinación que se pudieran suscitar entre los romanos. Además marcaron límites al gobierno o, como se vio en clase, “líneas rojas que el gobierno no puede cruzar” porque el Código se hizo common knowledge y generó expectativas de que se respetarían las normas.

 

En cuanto a las facultades del emperador, en teoría, él era la autoridad suprema en lo relacionado a la promulgación de leyes, relegando a segundo plano a los jurisconsultos del derecho romano. Tenía el privilegio de modificar o violar la ley. Podía dictar condenas de muerte y otorgar perdón. En apariencia, se asemejaría a un monarca absoluto. Riker diría que el emperador era aquel que poseía control dictatorial de la agenda. Esto quiere decir que sólo una de las partes involucradas es aquella que propone posibles alternativas sin restricción alguna o de forma unilateral (Mckelvey y Schofield, 1976).

Ante este razonamiento Gerry Mackie argumentaría que es un supuesto irreal por varias razones: primero que nada, existía una fuerte asimetría de información. Uno de los principales problemas que suponía tener un imperio tan vasto y con las limitantes tecnológicas de comunicación pertinentes a la época, estaba dado por las asimetrías en información que tenían los burócratas y administradores regionales con el centro rector. Aunque el emperador contara con poder de iure y de facto, en términos prácticos el gobierno central sólo podía tomar decisiones eficaces si recibía información precisa de las distintas provincias. A causa de esta limitante, el gobierno era incapaz de intervenir sistemáticamente en las comunidades que lo constituían. En segundo lugar, la organización del poder central sugería un problema por la extensión del territorio. La división de ese poder era una necesidad política y administrativa, ya que de no realizarse, la consecuencia era la usurpación y con frecuencia guerra civil, lo que causaba inestabilidad en el imperio. Se decidió entonces distribuir el poder en dos emperadores, uno oriental y el otro occidental. Se compartía el poder normalmente con algún miembro de la familia ya sea hermanos o sobrinos.

Cada emperador tenía una zona de actuación geográfica bien definida. Con esto, surgen diferentes capitales político-administrativas, una era Milán y la otra Constantinopla. Roma, por su ubicación, dejó de operar con eficacia por lo que se convirtió en una capital simbólica y punto focal. Por último, el ejército y su cuerpo de oficiales, así como la creciente burocracia, jugaron un papel importante en la política imperial y constituían una fuerza política clave. Aquí se revela una interacción principal- agente entre dos jugadores: El emperador y el ejército/burocracia. Se tenían que mantener “contentos” mutuamente. Los burócratas controlaban la economía y se involucraron en procesos legislativos como la promulgación de leyes. Por su parte, el ejército constituía de lleno el poder de facto del emperador y se encargaban del cumplimiento de las leyes. Tanto los generales como los burócratas daban el visto bueno y ratificaban al sucesor del emperador.

 

Los romanos, como bien es sabido, eran grandes conquistadores. El mediterráneo y las costas siempre fueron el principal centro de las ambiciones romanas. En sus ataques de expansión llevaban a cabo una diplomacia conciliatoria entre las partes involucradas, aunque también utilizaron brutalidad despiadada pero controlada. Una vez anexados al territorio romano, trataban de forjar alianzas. Los romanos sólo pedían pequeñas legiones de hombres para fichar al ejército. A cambio, ofrecían protección en caso de amenaza o ataque externo. Después de un tiempo de estar bajo el yugo del imperio romano, en las provincias conquistadas se empezó a dar un proceso de “romanización”. Este proceso, puede ser entendido como un juego de coordinación.

La “romanización” hace referencia a la asimilación cultural, en la cual las comunidades conquistadas adoptaron las instituciones, lengua, usos y costumbres, y el sistema de valores romano. Ahora nos podemos preguntar, ¿por qué este proceso cultural puede ser considerado como un juego de coordinación? En primer lugar, los pueblos conquistados hubieran preferido conservar su autonomía nacional. Sin embargo, se dieron cuenta de que tras adquirir la condición de ciudadano romano, adquieren los beneficios de ser romano. Como por ejemplo, participar en el proceso político del imperio o intervenir en alguna de las parcelas del poder. Se hizo más fácil una interacción entre pobladores al hablar el mismo idioma y también evitaban una discriminación si utilizaban la misma forma de vestir. Así, a las regiones dominadas les convenía adoptar el estilo de vida romano porque todos son romanos o se están romanizando. Siguiendo esta lógica, los pagos de romanizarse serían mayores, junto con los beneficios.

En contraparte, no siempre era posible someter a otras poblaciones, por lo que se tenían que establecer acuerdos que a veces derivaban en problemas de credibilidad. Cuando los

Tervingos invadieron el territorio imperial, el emperador Valente no contaba con el poder de facto para aplicar las tradicionales políticas migratorias, por lo que tuvo que conceder políticas favorables a los refugiados. Sin embargo, los romanos utilizaban diversos métodos para que los bárbaros cumplieran su parte del trato, es decir, aplicar el enforcement. Este concepto, que carece de traducción literal al español, se refiere a la capacidad que tiene alguno de los actores (o todas las partes involucradas) de hacer cumplir un trato (Douglas North). En este caso, se enviaba un rehén a Constantinopla. Normalmente era el hijo del cabecilla que gobernaba la tribu en ese momento. Estos rehenes podían ser ejecutados, y no se dudaba en hacerlo si se violaban los términos de paz alcanzada. Por lo general eran utilizados para convencer a la siguiente generación de instigadores y agitadores bárbaros de que la hostilidad hacia Roma carecía de sentido. También, se establecieron medidas destinadas a fomentar la confianza. El jefe tervingo se declaró dispuesto a convertirse al cristianismo.

 

Los territorios con los que el imperio establecía acuerdos pasaban a ser sus “reinos clientes”, como los nombra Heather. Desde tiempos antiguos utilizaban la estrategia de clientelismo político, aunque no precisamente a cambio de votos ya que no eran una democracia como las de hoy en día. En este contexto, los reinos clientes podían tener un proyecto político independiente al romano. Sus relaciones eran recíprocas pero desiguales. Los reyes clientes comerciaban con el imperio, nutrían de hombres a sus ejércitos y se hallaban periódicamente expuestos tanto a su injerencia diplomática como a su influjo cultura. Por regla general, recibían ayuda todos los años y se les concedía un grado de respeto.

 

 

Referencias bibliográficas

Daron Acemoglu. Why Not a Political Coase Theorem Social Conflict, Commitment, and Politics. Journal of Comparative Economics, 31(4):620–652, 2003.

Daron Acemoglu and James A. Robinson. Inefficient Redistribution. American Political Science Review, 95(3):649–661, 2001.

Douglass C. North. Institutions, Institutional Change, and Economic Performance. Cambridge University Press, Cambridge, 1990, cap. 7.

Gerry Mackie. Democracy Defended. Cambridge University Press, Cambridge, 2003, cap. 7.

Peter Heather. The Fall of the Roman Empire: A New History of Rome and the Barbarians. Oxford University Press, Oxford, 2005 [2007].

Richard H. McAdams. A Focal Point Theory of Expressive Law. Virginia Law Review, 86(8):1649–1729, 2000, pp. 1649-63.

Suresh Naidu, Sung-Ha Hwang, and Samuel Bowles. Evolution of Egalitarian Sociolinguistic Conventions. American Economic Review, 107(5):572–577, 2017.

 

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