Cobijar la lucha, proteger la memoria

Aunque Hollywood haya abusado y lo haya convertido en un lugar común, el acto de tapar o cobijar a una persona que se acaba de quedar dormida me sigue pareciendo uno de los gestos más amorosos que hay. Quizás esto se deba a que conservo en mi memoria afectiva las incursiones nocturnas de mis padres para revisar si me había metido en las cobijas cuando estaba muy cansado, o el cariñoso detalle de mi última pareja que antes de irse a trabajar en la mañana siempre me volvía a tapar con el edredón y besaba mi frente. Más allá del acto de tapar, las mantas, edredones y cobijas son una barrera contra el frío y hacen más llevaderas las temporadas de frío. Mantienen el calor en el cuerpo. Pero hay un tipo especial de frío que no se quita con mantas ni calentadores de gas: es el frío que se cuela y se instala en lo más hondo de los familiares de personas desaparecidas, ese que la fotógrafa Mónica González ha denominado acertadamente “frío en el alma”[1]. Es como una hipotermia que primero se lleva el brillo de los ojos, y luego va minando la fuerza de los familiares y que les puede dejar en cama tiritando de tristeza, sin ganas de pararse. La rabia y la dignidad pueden ayudar a disipar esta sensación, por eso es que se puede ver a los familiares marchar, reprocharle a gritos a los funcionarios su ineficiencia, hasta caminar los cerros y buscar a los suyos con pico y pala. Todo esto, con el corazón henchido de cálida esperanza. Muchos me han dicho que la esperanza nunca muere y que, además de la posibilidad de volver a abrazar a su desaparecido, lo que los saca del frío estupor es la solidaridad y la empatía de los otros, los que no tienen un desaparecido y, aún así, acompañan los proceso de búsqueda. Digamos que fungen como mantas simbólicas. Cobijan la lucha cuando ese frío aprieta.

Pero pareciera que el frío de la muerte y la desaparición ha llegado para quedarse. Si hiciéramos una comparación con la popular serie Game of Thrones, México estaría sumido en el invierno de la destrucción desde hace al menos una década. “Winter is coming”, seguramente pudimos escuchar durante el sexenio de Vicente Fox, e incluso desde el de Carlos Salinas, pero no supimos entender la magnitud de lo que se nos venía encima. Supongo que algo así escucharon en Colombia después del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, antes de que conservadores y liberales empezaran una guerra cruenta en 1948, cuyos inicios narra magnífica y dolorosamente Alfredo Molano en Desterrados, Crónicas del desarraigo.

Desgraciadamente, muchas de las atrocidades que narra Molano en su libro ya no son ajenas para centenas de miles de mexicanos que han presenciado, e incluso vivido en carne propia, el lado más funesto del ser humano. Pensando en Mbembe, Ileana Diéguez define esta situación como un necroteatro: “una construcción espectacular del acto mismo de dar muerte, buscando producir efectos aterradores”[2]. Diéguez alude también a la figura de la Medusa para describir los efectos desmovilizadores y aleccionadores del horror. Quien ve a la cara a la Medusa se convierte en piedra, necesita desviar la mirada. Por eso para Adriana Cavarero[3], más allá del terror, cree que el término correcto para describir los efectos de las violencias contemporáneas como la que sufre México es el de horrorismo: algo que podemos ubicar entre el miedo y la repugnancia, y que congela totalmente.

Sabemos que Perseo usó un escudo espejado para matar a Medusa. Supongo que eso equivaldría a que en algún momento los perpetradores —y todos aquellos que se han beneficiado con la muerte y la destrucción—pudieran ver los efectos de sus actos y recapacitar. Creo que el momento llegará cuando esa violencia abandone sus causes y se vuelva contra los que la atizaron, los que abusaron de ella. Pero eso tardará en llegar. De momento, en vez de un escudo, un grupo de ciudadanos estadounidenses enviaron a los padres y madres de los 43 normalistas desaparecidos un regalo cargado de simbolismo: un quilt —o colcha— de 5 metros de largo con los nombres de los estudiantes desaparecidos y los civiles asesinados en la aciaga madrugada del 26 de septiembre de 2014.

El ataque a los normalistas de Ayotzinapa ha sido el referente mundial de lo que sucede en México, aunque no todos alcanzan a entender lo que representa que el Estado esté erradicando a sus propios jóvenes. Por eso, cuando un joven artista y profesor neoyorquino de nombre Zak Foster vino a Guanajuato a celebrar los diez años de aniversario con su pareja solo vio como el acontecimiento estaba latente en la agenda pública. Por fortuna, preguntó y se quedó azorado con el acontecimiento. A diferencia de otros que podrían haber regresado a su cotidianidad, Zak eligió poner su arte al servicio de una causa ajena. Es así como ideó un quilt gigante con los nombres de todos. Pensó en hacerlo solo pero la tarea hubiera sido titánica, así que hizo uso de su cuenta de Instagram y convocó a quilters anónimos para que lo ayudaran. En menos de dos horas más de 43 personas ofrecieron su hilo y aguja y en poco más de dos meses le fueron mandando su partes. Como convocante del proyecto, el se quiso hacer responsable de coser todos los pedazos en un inmenso quilt.

Zak cuenta que hablar y conocer a algunos voluntarios fue una gran experiencia. Recuerda que pudo charlar con un quilter que lleva registro de los asesinatos en las calles de Chicago y los borda sobre colchas, siguiendo los pasos de los activistas que idearon el AIDS Memorial Quilt en 1987 en San Francisco. También pudo conocer a Elia Andrade Olea, una de las integrantes de Fuentes Rojas, el colectivo que lleva más de cuatro años bordando en Coyoacán los nombres de las víctimas mortales de la violencia en México sobre pañuelos blancos.

Zak quería que los familiares tuvieran la colcha para la conmemoración y eso fue lo que hicimos a través de Nuestra Aparente Rendición. Entregamos el quilt después de una cansada junta donde se trataron los preparativos de la marcha. Pude ver cómo el semblante de los familiares cambiaba cuando pudieron ver la magnitud de la obra, a algunos hasta se les iluminaban los ojos y esbozaban una leve sonrisa. Buscaban divertidos a sus hijos como si en esas letras, en esas puntadas, pudiera estar un rastro de ellos. Lo estaba. Sobre todo, porque fueron hechas con un cariño real y desinteresado. Por ejemplo, Rebecca Roach, una de las voluntarias, menciona que cuando leyó las biografías de los muchachos y llegó a la de Jonás Trujillo le encontró un enorme parecido a su hermano, y pensó en lo que representaría que alguien se lo arrebatara como sucedió en México. Lloró. Tenía que participar en el proyecto.

Otra de las quilters, Lynn Harris, menciona que, en cada puntada, los participantes intentaron mandar sus pensamientos a los familiares de los estudiantes, hacerles ver que son importantes para ellos, que no los han olvidado. Esto es precisamente lo que representan otros proyectos artísticos —o “estéticamente convocantes” como los denominaría Katia Olalde[4]— como son los bordados de paz o el proyecto “Huellas de la memoria”. Son una forma de memoria ejemplar que pretende movilizar, desentumecer, servir de masaje revitalizante para el frío en el alma que tienen no solo los familiares de los 43, sino centenas de miles de personas que tienen un ser querido asesinado o desaparecido.

Quisiera que ese quilt que entregamos a los 43 fuera cada vez más grande, más acolchonado y más cálido para que cupieran todos los que necesitan consuelo, los que añoran que los escuchen y que los acompañen en esta larga noche gélida. No todos podemos ser antropólogos forenses, psicólogos sociales o abogados penalistas, pero podemos hacer el equivalente de la manta o del quilt y acompañar la dignidad y el dolor de los sobrevivientes con calidez humana, solidaridad y empatía desde donde podamos. Marchas como la del lunes o la del Día de la Madre son un buen ejemplo de lo anterior. Pero el esfuerzo no puede quedarse ahí, diluirse. Parafraseando a Gelman, debemos conseguir que la memoria no se muera de hambre, de frío. Necesitamos cobijarla.

Alejandro Vélez Salas es licenciado en Ciencia Política por el ITAM y doctor en Humanidades por la Universitat Pompeu Fabra. Tiene una amplia experiencia trabajando con organizaciones y movimientos sociales en México e investigando sobre violencia política. Actualmente es el director del sitio Nuestra Aparente Rendición y profesor en el ITAM.

*La fotografía es del autor

[1] “Frío en el alma” es un webdocumental sobre la búsqueda de Hector Rangél y Julio López Alonso. Está disponible en: http://frioenelalma.com

[2] Ileana Diéguez, Cuerpos sin duelo, México: Ediciones DocumentA, 2013, p. 78.

[3] Adriana Cavarero, Horrorism. Naming Contemporary Violence, Nueva York: Columbia University Press, 2009.

[4] Katia Olalde, Bordando por la paz y la memoria en México: marcos de guerra, aparición pública y estrategias estéticamente convocantes en la “guerra contra el narcotráfico” (2010-2014), México: UNAM, 2016.

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